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Un día 20 de septiembre en la Historia de España

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Davy Rodríguez

La Historia de España es principalmente la historia de sus fronteras. De no haberse alistado un tal Marcelo Villeval Gaitán en el caloroso día 20 de septiembre del 1920, el presente de España habría sido muy distinto. Aquel día empezaba una epopeya española sin igual: la Legión española.

En aquellas fechas, nuestra Patria estaba siendo hostigada por las tropas de Abd el-Krim. La guerra de Marruecos ponía entonces de relieve la crueldad y la impiedad de los rifeños. Los más grandes héroes de la España del siglo XX intentaban contrarrestar el terrible goteo de sangre que ocasionaba este conflicto. Las tropas de reemplazo, que eran enviadas al frente, carecían de formación militar: el derrame de sangre ibérica era insoportable para los que sólo podían constatar cómo una generación de españoles era enviada al matadero.

Entre los héroes de esta España estaba un gigante de sabiduría, de comprensión del mundo sarraceno y de estrategia militar. Un nativo de La Coruña, de esa Galicia de antaño que tantos paladines del desierto nos dio en tan poco tiempo. El General Millán-Astray, convencido de la necesidad de crear un cuerpo de voluntarios, imaginó algo similar a la Légion étrangère francesa. Así que el Tercio de Extranjeros apareció a principios de 1920.

El primero en alistarse fue el susodicho Marcelo Villeval Gaitán. Ceutí tenía que ser este caballero, ceutí tenía que ser la Legión. En el extremo límite de la Hispania romanizada, en este rincón de Europa en territorio africano, surgió este cuerpo legendario. Al bordo del mundo musulmán y de las entrañas del Reino de España, último heredero de Roma en estas tierras desérticas surgió la Legión de las manos de un Blas de Lezo moderno.

 

Ministerio de Defensa


“¡Viva la muerte!” gritan los que aceptan sacrificarse para que viva España y los españoles. En la Legión todos podían alistarse, sin que se les pidiera ni justificaciones ni explicaciones de su pasado. Españoles o extranjeros, jóvenes o hombres maduros, gente de izquierda o nacionalistas de pura cepa. En el primer reclutamiento, cerca de 200 catalanes – entre los cuales algunos ex prisioneros, según dice la leyenda – se presentaron para formar parte de la Legión; “la flor y nata de los aventureros” comentó el propio José Millán-Astray en su libro “La Legión”.

El hecho más heroico sin duda fue la campaña que se inició a partir del 21 de julio del 1921: despertados en medio de la noche por los oficiales de la Legión, los soldados marcharon hacia Melilla desde Ain Yedida. Recorrieron más de 140 kilómetros en poco más de día y medio. Al llegar, se enteraron que las tropas del enemigo estaban listas para asediar la Ciudad. Un joven Francisco Franco, que en aquel momento todavía no era ni teniente coronel, estaba al mando de la I bandera y organizó un perímetro defensivo para proteger Melilla.

Tras esta defensa extraordinaria, la Legión participó activamente en la toma de todas las ciudades bajo el control del criminal de guerra Abd el-Krim, cuyas tropas no dudaron en torturar colonos y en asesinar soldados presos. Un criminal de guerra que, tras el conflicto, de paso sea dicho, fue protegido por Francia y tratado como un enemigo respetable; Francia, ese mismo país que dejó derramarse sangre europea sin ni siquiera intervenir en el conflicto hasta el año 1925. Lo mismo hizo en Argelia más de treinta y cinco años después.

Otra mancha más en la bandera tricolor, pero que permitió a la Legión entrar definitivamente en la leyenda militar mundial como unas tropas de choque, herederas de los Tercios de Flandes y de la Legio romana.


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