Adelante Reunificacionistas

Indios conquistadores, colonizadores y pacificadores

Hernán Cortés deja Cempoala, acompañado por tamemes (cargadores) Códice Durán (siglo XVI).

En términos generales, los estudios que se ocupan de analizar las milicias en el mundo virreinal americano hacen caso omiso de la existencia de milicias de indios. En el mejor de los casos, se señala que, aunque desde el siglo XVI se implementaron leyes que prohibían a los indios portar armas, existieron situaciones de excepción principalmente en la frontera norte— en las que la aplicación de estas leyes fue bastante más laxa que en el centro del Virreinato de la Nueva España. Sin embargo, recientemente se comienza a valorar la importancia de las milicias de indios flecheros en la defensa de la tierra y permanencia de la paz en la Nueva España.

Durante buena parte del periodo virreinal, la defensa de ciertas regiones del virreinato novohispano recayó en manos de indios mayormente armados con arcos y flechas. Estos hombres, que a la larga conformaron milicias de indios flecheros, obtuvieron de la Corona diversos privilegios —exención del pago de tributos, exención del servicio personal, derecho a portar armas ofensivas y defensivas, entre otros— a cambio de prestar una serie de servicios: defender los pueblos y misiones de los ataques de indios insumisos, vigilar los caminos y puertos, perseguir bandoleros y salteadores, auxiliar militarmente las entradas o mariscadas en contra de indios “bárbaros”, apoyar en el establecimiento de nuevos pueblos y misiones; en suma, contribuir al mantenimiento del orden y a la expansión de las fronteras de la Nueva España.

Detalle del Lienzo de Quauhquechollan.

Su origen se estima hacia la segunda mitad del siglo XVI, hasta su decadencia a fines del siglo XVIII. Y las regiones en las que existieron y operaron estas milicias fueron las misiones jesuitas de Sinaloa y Sonora; Colotlán y Saltillo, colonias de origen tlaxcalteca establecidas en 1591; la vertiente occidental de la sierra del Nayar; las costas de la Mar del Sur, y el pueblo nahua de Analco, en la sierra alta de Oaxaca. Es importante señalar que se articularon las milicias de indios con los poderes locales y regionales, es decir, se relacionaron con la autoridad española —alcaldes mayores, frailes o misioneros, gobernadores— pero también con las autoridades indígenas de los pueblos en los que se desarrollaron, pues a final de cuentas la milicia, y particularmente los cargos al interior de ésta, constituyeron una estructura de poder que tanto la autoridad española como la indígena buscaron controlar.

Durante sus interacciones con las autoridades locales y virreinales, los indios milicianos aludían con frecuencia a los servicios que prestaban al reino como forma de obtener resultados favorables en sus litigios por tierras o aguas, en sus quejas contra el ejercicio de algún funcionario de la Corona o en su lucha por conservar y aumentar los privilegios a que se hacían acreedores como milicianos. Más aún, con frecuencia recopilaron aquella documentación que les permitiera probar sus méritos y servicios. Esta documentación nos muestra los términos en que los indios milicianos pensaban su relación con la Corona, a más de que permite analizar la forma en que su estatus como milicianos era empleado como un capital político que servía para regular sus relaciones con otros grupos y figuras de poder.

Detalle del Lienzo de Tlaxcala.

Tres eran las condiciones que debían cumplirse antes de que negros e indios pudieran ser introducidos en el estamento militar: en primer lugar, el sentido de emergencia militar, originado tanto por potenciales amenazas de invasores extranjeros o piratas, o por amenazas internas de rebeliones o levantamientos. Segundo, debía existir un desarrollo suficiente de las instituciones burocráticas virreinales, incluida una limitada presencia militar, a modo de que la introducción de tropas negras o nativas no fuera interpretada como una amenaza directa al gobierno efectivo, sino más bien como su complemento. Y tercero, la Corona española y los gobiernos locales debían entender que sus recursos en América eran insuficientes, especialmente si planeaban construir el estamento militar únicamente con reclutas blancos. De tal suerte, a los indios les fue posible prestar servicio militar mayormente en las regiones de frontera, donde las “condiciones de conquista” persistieron por décadas; esto es, territorios en contacto constante con grupos de nativos que permanecieron parcial o totalmente fuera del control virreinal, en donde la presencia española fue pequeña, y las instituciones del virreinato, civiles y eclesiásticas tendían a ser débiles en su influencia regional.

Y entre las motivaciones que llevaban tanto a los negros como a los indios, a buscar incorporarse al servicio militar, destacaban la movilidad social y la posibilidad de usar este servicio como una herramienta de negociación en sus interacciones con la autoridad virreinal.

Por todo lo anterior, es necesario replantear el papel que tradicionalmente se ha asignado a los aliados indios en la historiografía mexicana, cuestionando incluso el término “aliados” y proponiendo, en su lugar el de “indios conquistadores”. El apoyo armado de los indios fue crucial en las victorias españolas —convirtiendo a los tlaxcaltecas en el paradigma del indio aliado— debe poner en valor su impacto en términos cualitativos y cuantitativos. Más importante aún, se demuestra que los señores indígenas que se aliaron a los españoles y apoyaron militarmente sus conquistas no siempre actuaron bajo coerción o movidos por la ambición de un botín, sino que muchos lo hicieron porque tenían su propio programa político, y trataron de aprovechar la presencia de los españoles para sus propios fines. Ello explicaría que miles de indígenas se hayan sumado de forma reiterada a las diversas campañas de conquista, desde Yucatán hasta Sinaloa.

Detalle del Lienzo de Tlaxcala.

En el caso de Villa Alta, en la sierra alta de Oaxaca, se trató de indios conquistadores procedentes del centro de México que llegaron a la sierra como auxiliares de los españoles, y que, una vez “pacificada” la región, fundaron su propio pueblo a las orillas de la villa española —Villa Alta— y recibieron diversos privilegios, que los distinguieron de la población indígena local, mayoritariamente mixes y zapotecos. Estos indios conquistadores desarrollaron el arte de vivir “en medio”: si bien eran indios aliados de los españoles, fungieron también como un enlace con la población indígena local, de la que sin embargo buscaban diferenciarse. Es de particular importancia el papel que jugaron como aliados o auxiliares militares en la región, ocupándose de vigilar y defender la villa española y el poblado indio, así como de apoyar la represión de las no pocas rebeliones regionales. Estos poblados defensivos en los que los indios eran responsables de la seguridad y defensa local pueden ser considerados el principal antecedente de las milicias indígenas.

Detalle del Lienzo de Quauhquechollan.

Esas empresas de conquista fueron posibles gracias a la participación militar de los indios que, ya fuera mediante coerción, o por un interés político y económico propio, lucharon al lado de los españoles, aportando no sólo su habilidad militar, sino su conocimiento del terreno y de las tácticas guerreras mesoamericanas. El empleo de auxiliares militares indígenas se prolongaría a través de la segunda mitad del siglo XVI, durante el conflicto conocido como la Guerra Chichimeca, que habría de frenar el ritmo vertiginoso que la expansión española había tenido hasta entonces. Así, entre 1550 y 1570, en las diferentes entradas militares hacia la tierra de guerra, costeadas en su mayor parte por particulares, fue constante la presencia de contingentes de indios guerreros tarascos, nahuas y otomíes, que acompañaban a los soldados españoles. Y es que ya desde las primeras empresas de conquista, los indios se dieron cuenta de que prestar servicio militar a los españoles constituía una vía para establecer y afianzar relaciones con los nuevos señores. Aunque sin duda el poder hacerse con algún tipo de botín fue uno de los incentivos que llevaron a los indios a convertirse en auxiliares armados, parece que no fue el más importante, pues, de acuerdo con lo que apuntan las fuentes, era poco lo que obtenían los indios y, por el contrario, participar como auxiliar militar representaba un gasto importante, en tanto los indios se armaban “a su costa” y se hacían cargo de su propia manutención. Pero dar apoyo armado a los españoles permitió a los indios obtener otro tipo de beneficios, como era el escapar (por un periodo variable de tiempo) a los requerimientos de tributo, servicios personales y encomienda a que se veían sometidos en sus pueblos. A estos beneficios habría que sumar aquellos que obtenían los caciques y principales, que mostraban, por la vía de las armas, su lealtad al rey: la confirmación de sus cacicazgos y exenciones, la distinción social derivada de poder vestir a la española y usar daga y espada.

Detalle del Lienzo de Tlaxcala.

Sin embargo, no hubo, por parte de las autoridades virreinales, una intención deliberada de crear milicias indígenas que se hicieran cargo de la defensa de la tierra. No existe, por tanto, un documento que establezca la creación de milicias de indios, ni mucho menos un reglamento que señale sus formas de operación, sus funciones y privilegios. En realidad, se trató de una serie de prácticas y funciones defensivas y ofensivas, que en determinadas circunstancias fueron dejadas en manos de los indios, y a la larga llevarían a éstos a asumirse como “soldados del rey” y milicianos, y a las autoridades, a reconocerlos como tales.

Los servicios que prestaban dependían de las necesidades locales y de los requerimientos y acuerdos a los que, en cada caso, se llegaran con las autoridades españolas, aunque, en general, se relacionaban con: el mantenimiento del orden al interior de sus pueblos o misiones mediante rondas y patrullajes nocturnos, vigilando la cárcel y las casas reales, o persiguiendo y reduciendo a los que huían de la misión; el auxilio a la autoridad española en el ejercicio de las labores administrativas y de justicia, como correos, pregoneros, escoltas, o asistencia para aprehender delincuentes y trasladar reos; las labores defensivas, apostando vigías y guardas de caminos, reconociendo los contornos de los pueblos, las costas y marismas en busca de rastros de “enemigos”, y acciones armadas para reprimir sublevaciones de indios domésticos o vencer la resistencia de indios insumisos.

Detalle del Lienzo de Quauhquechollan.

Muchos de estos indios milicianos pronto adquirieron conciencia de la importancia de aprender a defender sus privilegios por la vía legal, por lo que hábilmente crearon sus propias “relaciones de méritos” para hacer constar ante las autoridades virreinales los servicios que prestaban al reino, la fidelidad con que se afanaban en cumplir con las labores que les eran encomendadas y lo útiles que sus esfuerzos resultaban para mantener y acrecentar los dominios del rey. Esta documentación era empleada con frecuencia por los indios como parte de su capital político para sustentar las peticiones de tierras, libertad o buen gobierno, que les permitirían continuar prestando sus servicios al reino, recurriendo al servicio militar como signo de su relación con la Corona. Presentándose como leales vasallos de probados servicios, los milicianos indios no sólo mostraban su sumisión al orden establecido, sino que dejaban ver que esperaban un trato recíproco por parte del rey; esto es, el reconocimiento de que existían obligaciones mutuas, y que si los flecheros estaban cumpliendo con su parte del acuerdo —defender la tierra— tocaba al monarca hacer lo propio: favorecerlos en sus peticiones. Sin embargo, la lealtad y fidelidad de los indios milicianos también tenía límites, pues si bien es cierto que su condición privilegiada les daba un amplio margen de autonomía y maniobra política, hubo casos en los que se convirtieron ellos mismos en instigadores de rebeliones o en perturbadores de la paz. Así, ante una afectación severa de sus intereses, cuando recibían agravios que consideraban insoportables o cuando la instancia legal se agotaba, los indios milicianos recurrieron también a la violencia y, teniendo en cuenta que se trataba de indios “bien ejercitados en el uso de las armas”, sus rebeliones y tumultos adquirieron en ocasiones una ferocidad y proporciones inusitadas, como en los casos de Nostic, en Colotlán, o la rebelión de Luis de Saric, en la pimería alta.

Más que pensar a las milicias indias como la institución mediante la cual los españoles lograron “utilizar” a los indios para sus propios fines, parece más adecuado entenderlas como una institución producto del reconocimiento de los colonizadores hispanos de su necesidad del auxilio indígena para lograr el sometimiento y mantener el control de un territorio. Los indios milicianos, por su parte, conscientes del papel que se les había asignado, supieron acogerse a la condición de miliciano no sólo para cumplir con las funciones que les fueron impuestas, sino además para emplearla en su propio beneficio.

 

Fuentes:

«Milicias indígenas en la Nueva España. Reflexiones del derecho indiano sobre los derechos de guerra», Raquel E. Güereca Durán, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2018.

Vinson, Ben y Restall, Matthew, “Black Soldiers, Native Soldiers. Meanings of Military Service in the Spanish American Colonies”, en Restall, Matthew (ed.), Beyond Black and Red. African-Native Relations in Colonial Latin America, Alburquerque, Universidad de Nuevo México, 2005.

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