Una Escaramuza con la Masonería en Puerto Rico (1883)

EL MARCO POLÍTICO REAL: UNA PROVINCIA ESPAÑOLA EN EL CENTRO DE UNA GUERRA CULTURAL Y GEOPOLÍTICA
LA IDENTIDAD CATÓLICA POPULAR COMO EJE DE LA SOCIEDAD PUERTORRIQUEÑA
Para entender por qué Puerto Rico era un territorio difícil de penetrar culturalmente para la angloesfera, hay que comprender que el catolicismo no era un barniz institucional ni una imposición estatal: era la estructura íntima de la vida cotidiana. La parroquia era el centro de la comunidad; las fiestas patronales articulaban el calendario social; las cofradías organizaban la solidaridad; la moral católica definía la convivencia; y la religiosidad popular era la expresión viva de una identidad colectiva.
El catolicismo era, en suma, la forma de ser del puertorriqueño. Por eso, cualquier ataque anticatólico no era un debate teológico, sino un ataque directo a la identidad profunda del pueblo. La masonería anglosajona lo sabía: para romper la identidad española de Puerto Rico, era necesario romper primero su identidad católica.
Aquí es donde aparece el primer elemento analítico fundamental:
- La identidad católica no era estatal, sino popular.
- No era una imposición, sino una vivencia.
- No era un adorno, sino el núcleo de la identidad.
- No era un obstáculo, sino el vínculo con la tradición hispánica.
La masonería anglosajona entendió que atacar a la Iglesia era atacar al pueblo mismo.
LA MASONERÍA ANGLOSAJONA COMO RED GEOPOLÍTICA ANTICATÓLICA Y ANTIHISPÁNICA
La masonería anglosajona nació en un contexto de profundo anticatolicismo, heredero de la Reforma protestante, de la propaganda negra contra España y de la rivalidad imperial anglo-hispana. Este anticatolicismo no era un detalle doctrinal, sino la base ideológica de su existencia. En su imaginario, el catolicismo representaba atraso, superstición y resistencia al progreso; la Iglesia era vista como enemiga de la modernidad; y España era presentada como una nación decadente, clerical y autoritaria.
Este discurso no era religioso, sino geopolítico. La angloesfera entendía que para desplazar a España del Caribe debía destruir la identidad católica de sus provincias, porque esa identidad era el vínculo más fuerte que unía a Puerto Rico y Cuba con la metrópoli. La masonería se convirtió en el instrumento perfecto para esta operación: una red transnacional capaz de infiltrar élites, moldear discursos y erosionar identidades desde dentro.
LA MASONERÍA EN PUERTO RICO: UNA ESTRUCTURA PARALELA DE PODER
En Puerto Rico, las logias masónicas no eran clubes filosóficos, sino nodos de una red política paralela que actuaba con objetivos concretos: desacreditar a la Iglesia, ridiculizar la religiosidad popular, promover una visión secularizada y protestantizada de la sociedad, y romper el vínculo emocional entre el pueblo y su tradición hispánica. Estas logias no respondían a la Gran Logia Simbólica Española, sino a obediencias extranjeras, especialmente estadounidenses, inglesas y francesas.
Aquí es útil introducir un listado analítico dentro del flujo narrativo, para clarificar la estructura de poder:
- Dependencia ideológica: las logias puertorriqueñas recibían doctrina, rituales y orientación política desde obediencias anglosajonas.
- Dependencia financiera: muchas logias eran financiadas o apoyadas por redes comerciales vinculadas a Estados Unidos.
- Dependencia cultural: la masonería ofrecía una identidad alternativa, “moderna” y “racional”, que competía con la identidad católica popular.
- Dependencia geopolítica: su visión del mundo coincidía con los intereses estratégicos estadounidenses en el Caribe.
La masonería no era un actor neutral: era un agente de desespañolización.
LA “ESCARAMUZA” DE 1883: UNA MICROHISTORIA QUE REVELA UNA MACROOPERACIÓN
El episodio narrado en el libro de 1883 no es un incidente menor, sino la manifestación concreta de una guerra cultural en marcha. La “escaramuza” es el punto donde chocan tres fuerzas: la identidad católica del pueblo puertorriqueño, la autoridad legítima del Estado español y una red anticatólica y anglosajona que buscaba reorientar la isla hacia Estados Unidos.
Lo que parece un conflicto administrativo es, en realidad, un síntoma de un conflicto mucho mayor. La masonería no buscaba un cambio puntual, sino una transformación profunda: la sustitución de la identidad hispánica por una identidad anglosajona.
LA PRENSA MASÓNICA: EL FRENTE IDEOLÓGICO DE LA GUERRA CULTURAL Y RELIGIOSA
La prensa masónica fue el instrumento más eficaz de la guerra cultural previa a la invasión. A través de periódicos, folletos y hojas sueltas, difundía un discurso hostil hacia la Iglesia y hacia la identidad hispánica. El catolicismo era presentado como superstición y atraso; la Iglesia como enemiga de la educación; España como una nación decadente; y Estados Unidos como el modelo inevitable de modernidad.
Aquí, un listado analítico ayuda a entender la estrategia:
- Desprestigio moral: atacar al clero para debilitar la autoridad espiritual.
- Desprestigio cultural: ridiculizar la religiosidad popular para romper la cohesión comunitaria.
- Desprestigio histórico: presentar a España como opresora para justificar la ruptura.
- Desprestigio político: mostrar a Estados Unidos como “liberador” para legitimar la invasión.
La prensa masónica no informaba: moldeaba mentalidades.
LA INFILTRACIÓN EDUCATIVA: EL LABORATORIO DONDE SE REPROGRAMÓ LA IDENTIDAD
La educación fue el terreno más fértil para la reconfiguración cultural de Puerto Rico. No se trató de un proceso improvisado ni espontáneo, sino de una estrategia cuidadosamente diseñada por redes masónicas, círculos anglófilos y sectores anticlericales que comprendían que la escuela era el espacio donde se formaban las mentalidades, los imaginarios y las lealtades de las nuevas generaciones. La masonería —especialmente la vinculada a obediencias estadounidenses— entendió que la educación era el punto neurálgico donde podía actuar con mayor eficacia para erosionar la identidad hispánica y católica del pueblo.
La operación educativa tenía varias capas simultáneas, todas orientadas a un mismo fin: desarraigar la identidad histórica y sustituirla por una identidad compatible con la hegemonía cultural estadounidense. Para entender la magnitud de esta operación, es necesario observar cómo se articuló en la práctica:
- Laicización curricular: se redujo la presencia de la enseñanza religiosa, no como neutralidad, sino como estrategia para debilitar la influencia de la Iglesia en la formación moral.
- Importación de manuales extranjeros: se introdujeron libros de texto estadounidenses y franceses que presentaban una visión protestante o secularizada de la historia universal.
- Reinterpretación de la historia local: se enseñaba que Puerto Rico había sido “oprimido” por España, ocultando la autonomía de 1897 y la ciudadanía plena.
- Formación de maestros afines: muchos docentes eran miembros de logias o simpatizantes de sus ideas, lo que garantizaba la transmisión del nuevo relato.
- Desprestigio de la tradición: se ridiculizaban prácticas religiosas populares, fiestas patronales y devociones, presentándolas como supersticiones incompatibles con la modernidad.
Estas acciones no eran aisladas: formaban parte de un proyecto coherente de ingeniería cultural. La escuela se convirtió en un laboratorio donde se reprogramó la identidad puertorriqueña, sustituyendo la continuidad hispánica por una narrativa diseñada para justificar la futura dominación estadounidense.
EL INDIGENISMO VICTIMISTA: UNA HERRAMIENTA DE INGENIERÍA CULTURAL
Dentro de este proyecto educativo, el indigenismo victimista ocupó un lugar central. No se trató de una reivindicación arqueológica ni antropológica, sino de una construcción política. El taíno real —cuyos herederos son los propios puertorriqueños— fue sustituido por un taíno simbólico, idealizado, convertido en víctima absoluta y utilizado como arma para demonizar la presencia española.
Este indigenismo victimista cumplía varias funciones simultáneas:
- Romper la continuidad histórica: al presentar la llegada española como un cataclismo absoluto, se negaba el mestizaje y la integración cultural que dieron origen al pueblo puertorriqueño.
- Desacreditar la identidad hispánica: si España era la destructora del pasado indígena, entonces la identidad hispánica era ilegítima.
- Debilitar la identidad católica: se presentaba a la Iglesia como cómplice de la supuesta destrucción cultural, ignorando su papel en la defensa de los nativos.
- Crear un vacío identitario: si el pasado indígena fue destruido y el pasado español fue opresivo, entonces Puerto Rico quedaba “huérfano” de identidad.
- Justificar la americanización: en ese vacío, Estados Unidos aparecía como el “rescatador” y “modernizador”.
Este mecanismo narrativo —que hoy llamaríamos “ingeniería emocional”— fue extremadamente eficaz. La escuela, la prensa y los discursos públicos repitieron esta narrativa hasta convertirla en sentido común. El indigenismo victimista no reivindicaba al taíno: lo instrumentalizaba para borrar la hispanidad.
LA COOPERACIÓN DE ÉLITES LOCALES: UNA INFILTRACIÓN CULTURAL QUE PRECEDE A LA MILITAR
La invasión estadounidense no fue solo militar: fue facilitada por sectores locales que habían sido moldeados durante décadas por la propaganda masónica y anglófila. Estas élites —pequeñas en número, pero influyentes en prensa, educación y administración— actuaron como intermediarios culturales, agentes de propaganda y legitimadores del nuevo poder.
Su colaboración no fue improvisada. Era el resultado de un proceso de infiltración ideológica que había logrado:
- crear una élite anglófila, formada en academias laicas y logias;
- desprestigiar la identidad hispánica, presentándola como incompatible con la modernidad;
- promover la idea de que Estados Unidos era el destino natural de Puerto Rico;
- erosionar la autoridad moral de la Iglesia, que era el principal obstáculo cultural;
- preparar psicológicamente a sectores urbanos para aceptar la ocupación.
Estas élites no representaban al pueblo, pero sí controlaban los espacios donde se producía el discurso público. Su papel fue decisivo en la transición de soberanía.
LA GUERRA PSICOLÓGICA: LA INVASIÓN QUE OCURRIÓ ANTES DE LA INVASIÓN
Antes de que los soldados estadounidenses desembarcaran en Puerto Rico, ya había ocurrido una invasión previa: la invasión discursiva. La guerra psicológica fue tan importante como la militar, y en muchos sentidos la precedió y la hizo posible.
Esta guerra psicológica se articuló en torno a cinco ejes:
- Reescritura del presente: se difundió la idea de que España era incapaz de modernizar la isla, ocultando la autonomía de 1897.
- Construcción de un imaginario de liberación: se presentó la llegada de Estados Unidos como un acto de progreso inevitable.
- Desprestigio sistemático de la Iglesia: se la retrató como enemiga de la ciencia y del progreso.
- Manipulación emocional: se proyectó sobre Puerto Rico el conflicto cubano, creando la ilusión de una crisis inexistente.
- Creación de una élite colaboracionista: se formó un grupo de profesionales y comerciantes que veía en Estados Unidos un modelo superior.
La guerra de 1898 comenzó en la mente, no en el campo de batalla.
EL BORRADO DOCUMENTAL: CONTROLAR EL PASADO PARA CONTROLAR EL FUTURO
Tras la ocupación estadounidense, se produjo un fenómeno sistemático de eliminación, ocultamiento o silenciamiento de documentos que no encajaban con el nuevo relato político. Este borrado documental fue una operación deliberada, no un accidente archivístico.
Los mecanismos incluyeron:
- destrucción de expedientes administrativos españoles, especialmente los que demostraban la autonomía de 1897;
- pérdida o traslado sin catalogación de archivos parroquiales y municipales;
- cierre o confiscación de periódicos hispanófilos;
- reescritura de manuales escolares, donde la historia hispánica era minimizada o demonizada;
- invisibilización de la lealtad popular a España, que no encajaba con la narrativa de “liberación”.
Controlar el pasado era indispensable para controlar el futuro. La americanización necesitaba borrar la memoria hispánica.
LA REACCIÓN DEL CLERO: ÚLTIMA LÍNEA DE DEFENSA DE LA IDENTIDAD HISPÁNICA
La ofensiva cultural que se desplegó en Puerto Rico durante las décadas previas a 1898 encontró su principal resistencia en el clero católico, que actuó como la última línea de defensa de la identidad hispánica y de la cohesión espiritual del pueblo. A diferencia de las élites masónicas y anglófilas, que operaban desde círculos urbanos, logias y academias laicas, el clero estaba arraigado en la vida cotidiana de las comunidades, conocía sus necesidades, hablaba su lenguaje y compartía su visión del mundo. La Iglesia no era un actor externo: era la institución que había acompañado al pueblo desde su origen, que había preservado su memoria y que había articulado su vida moral y cultural.
La reacción del clero no fue improvisada ni meramente defensiva. Fue una respuesta consciente a una ofensiva ideológica que buscaba desarraigar al pueblo de su identidad histórica. Los sacerdotes comprendían que la masonería no era simplemente una sociedad filosófica, sino una red transnacional con un proyecto político claro: debilitar la influencia de la Iglesia, erosionar la identidad católica y preparar el terreno para la penetración cultural estadounidense. Por eso, el clero actuó en varios frentes simultáneos, combinando acción pastoral, resistencia cultural y defensa institucional.
En este punto, un análisis estructurado ayuda a comprender la amplitud de la respuesta eclesial:
- Defensa doctrinal: los sacerdotes denunciaron públicamente el carácter anticatólico de las logias, explicando a los fieles que la masonería no era neutral, sino hostil a la fe y a la identidad del pueblo.
- Defensa educativa: la Iglesia fortaleció las escuelas parroquiales, creó colegios religiosos y promovió la formación moral y espiritual de los jóvenes, contrarrestando la infiltración laica y masónica en la educación.
- Defensa comunitaria: el clero mantuvo vivas las fiestas patronales, las devociones populares y las prácticas comunitarias que constituían la base de la identidad cultural.
- Defensa histórica: los sacerdotes recordaban a los fieles la continuidad histórica con España, la autonomía de 1897 y la ciudadanía plena, elementos que la propaganda anglófila intentaba borrar.
- Defensa moral: la Iglesia preservó la cohesión social frente a la fragmentación ideológica promovida por la masonería.
La fuerza del clero no residía en su poder político, sino en su autoridad moral y en su arraigo en la vida del pueblo. Aunque no pudo detener la ofensiva masónica ni la ocupación estadounidense, sí logró preservar la identidad católica del pueblo, que resistió durante décadas la presión cultural anglosajona. La Iglesia fue, en este sentido, la institución que impidió la completa deshispanización de Puerto Rico.
LA “ESCARAMUZA”: UNA MICROHISTORIA QUE REVELA UNA MACROOPERACIÓN CULTURAL
El episodio narrado en Una escaramuza con la masonería en Puerto Rico (1883) adquiere su verdadero significado cuando se lo interpreta no como un incidente aislado, sino como la manifestación visible de una operación cultural mucho más amplia. La “escaramuza” es una ventana privilegiada que permite observar cómo redes masónicas, sectores anglófilos, corrientes anticlericales, propaganda indigenista, infiltración educativa, borrado documental y élites colaboracionistas convergieron en un proceso de desespañolización cultural que preparó el terreno para la ocupación estadounidense.
Lo que parece un conflicto administrativo entre autoridades españolas y logias locales es, en realidad, el punto de fricción entre dos proyectos civilizatorios incompatibles. Por un lado, la continuidad histórica hispánica, basada en la identidad católica, la tradición comunitaria y la integración cultural. Por otro, la reorientación anglosajona, basada en la secularización, la ruptura histórica y la subordinación geopolítica a Estados Unidos.
La “escaramuza” revela varios elementos clave que permiten comprender la magnitud de la operación:
- La masonería actuaba como estructura política paralela, con capacidad para movilizar élites, influir en la educación y moldear el discurso público.
- La propaganda anticatólica no era un fin en sí mismo, sino un medio para debilitar la identidad hispánica y facilitar la penetración cultural estadounidense.
- El indigenismo victimista funcionaba como herramienta emocional, diseñada para romper la continuidad histórica y justificar la americanización.
- La infiltración educativa era el mecanismo más eficaz para reprogramar la identidad de las nuevas generaciones.
- El borrado documental aseguraba que la narrativa anglosajona se convirtiera en la versión oficial de la historia.
La “escaramuza” es, en suma, la síntesis visible de una operación invisible. Es el punto donde la guerra cultural se hace tangible, donde la lucha por la identidad se manifiesta en un conflicto concreto, donde la historia deja de ser abstracta y se convierte en acción.
CONCLUSIÓN: 1898 COMO GUERRA CULTURAL CONTRA LA HISPANIDAD
La crisis de 1898 no puede entenderse como un simple choque militar entre dos potencias, porque reducirla a un enfrentamiento bélico es amputar la dimensión más profunda del proceso: su naturaleza como guerra cultural prolongada, dirigida contra una provincia española cuya identidad estaba anclada en el catolicismo popular y en la continuidad histórica hispánica. La invasión militar fue, en realidad, el último acto de una obra que llevaba décadas representándose en las escuelas, en la prensa, en las logias y en los círculos intelectuales. Antes de que los soldados estadounidenses desembarcaran en Puerto Rico, ya había ocurrido una invasión previa: la invasión ideológica, simbólica y educativa.
La masonería —particularmente aquella vinculada a obediencias anglosajonas— actuó como una estructura política paralela, con un proyecto claro y coherente: erosionar la identidad católica, debilitar la continuidad hispánica y preparar el terreno para la hegemonía cultural estadounidense. Su discurso anticatólico y antiespañol no era retórico, sino estratégico; no era espontáneo, sino programático; no era local, sino transnacional. La infiltración educativa que promovió no fue accidental, sino deliberada: buscaba reprogramar la identidad de las nuevas generaciones. Su propaganda indigenista no era arqueológica, sino emocional: un instrumento para romper la continuidad histórica y generar un vacío identitario que solo Estados Unidos podía llenar. Su borrado documental no fue negligencia, sino control de la memoria: eliminar los rastros de la autonomía de 1897, de la ciudadanía española plena y de la lealtad popular a España era indispensable para consolidar el nuevo relato.
Frente a esta ofensiva cultural, la Iglesia se convirtió en la última línea de defensa de la identidad del pueblo. Su resistencia no impidió la ocupación militar, pero sí preservó la continuidad cultural que permitió que Puerto Rico no fuera completamente absorbido por la angloesfera. El clero, arraigado en la vida cotidiana de las comunidades, actuó como contrapeso moral, histórico y espiritual frente a la maquinaria propagandística masónica. Su defensa de la educación católica, de la memoria histórica y de la cohesión comunitaria fue decisiva para evitar la ruptura total con la tradición hispánica.
En este sentido, 1898 debe entenderse no solo como una derrota militar, sino como el desenlace de una guerra cultural previa. La “escaramuza” narrada en el libro es el símbolo de cómo se allanó el camino a esa guerra: un choque entre dos visiones del mundo, dos identidades, dos proyectos civilizatorios. Lo que parece un conflicto administrativo entre autoridades españolas y logias locales es, en realidad, el punto de fricción entre la continuidad histórica hispánica —basada en la identidad católica, la tradición comunitaria y la integración cultural— y la reorientación anglosajona —basada en la secularización, la ruptura histórica y la subordinación geopolítica a Estados Unidos.
La “escaramuza” funciona como una ventana privilegiada que permite observar cómo múltiples fuerzas convergieron en un mismo proceso de desespañolización cultural. No es un episodio aislado, sino la manifestación visible de una operación mucho más amplia. Para comprender su profundidad, conviene desglosar —sin romper el flujo del ensayo— los elementos que la “escaramuza” pone en evidencia:
- La masonería actuaba como estructura política paralela, con capacidad para movilizar élites, influir en la educación y moldear el discurso público.
- La propaganda anticatólica no era un fin en sí mismo, sino un medio para debilitar la identidad hispánica y facilitar la penetración cultural estadounidense.
- El indigenismo victimista funcionaba como herramienta emocional, diseñada para romper la continuidad histórica y justificar la americanización.
- La infiltración educativa era el mecanismo más eficaz para reprogramar la identidad de las nuevas generaciones.
- El borrado documental aseguraba que la narrativa anglosajona se convirtiera en la versión oficial de la historia.
La “escaramuza” es, en suma, la síntesis visible de una operación invisible. Es el punto donde la guerra cultural se vuelve evidente, donde la disputa por la memoria y la identidad se materializa en un choque institucional, donde la historia deja de ser abstracta y se convierte en acción concreta.
La conclusión que emerge de este análisis es inequívoca: 1898 no fue simplemente un conflicto militar entre dos potencias, sino el desenlace de una guerra cultural anticatólica, anti-hispánica y anglosajona contra una provincia española profundamente católica. La invasión militar fue solo el último acto de una obra que llevaba décadas representándose en las escuelas, en la prensa, en las logias y en los círculos intelectuales. La masonería actuó como estructura política paralela, con un proyecto claro: erosionar la identidad católica, debilitar la continuidad hispánica y preparar el terreno para la hegemonía cultural estadounidense. Su discurso anticatólico y antiespañol no era retórico, sino estratégico. Su infiltración educativa no era accidental, sino programática. Su propaganda indigenista no era arqueológica, sino emocional. Su borrado documental no era negligencia, sino control de la memoria.
La Iglesia, por su parte, fue la última línea de defensa de la identidad del pueblo. Su resistencia no impidió la ocupación, pero sí preservó la continuidad cultural que permitió que Puerto Rico no fuera completamente absorbido por la angloesfera. Por eso, 1898 debe entenderse no solo como una derrota militar, sino como el resultado de una guerra cultural previa. La “escaramuza” es el símbolo de esa guerra: un choque entre dos visiones del mundo, dos identidades, dos proyectos civilizatorios. Es la prueba de que la historia no se decide únicamente en los campos de batalla, sino también —y sobre todo— en las escuelas, en la prensa, en las ideas y en la memoria.
Nota: PUERTO RICO SIGUE SIENDO CATÓLICO, PERO LA LÓGICA MASÓNICA DE MANIPULACIÓN CULTURAL PERMANECE
Los datos recientes sobre la situación religiosa en Puerto Rico —según reportes periodísticos contemporáneos— muestran que alrededor del 80% de los puertorriqueños sigue identificándose como católico, pese a titulares que intentan sugerir lo contrario. Esta discrepancia entre el dato y el titular es, en sí misma, una evidencia contemporánea de la misma lógica de manipulación cultural que el libro de 1883 denunciaba en su época.
Bajo el título: ‘Hay más cristianos que católicos en Puerto Rico: Investigación apunta a una transformación religiosa en la isla» se presentó un estudio del perfil religioso de la los puertorriqueños. El titular es engañoso no por error estadístico, sino porque reproduce un patrón que ya estaba activo en el siglo XIX: crear la percepción de que la identidad católica está en retroceso, aunque los hechos no lo sostengan.
Ese patrón es exactamente el que el libro describe como método masónico:
- distorsionar la percepción pública,
- exagerar la debilidad de la Iglesia,
- inflar la presencia de alternativas ideológicas,
- y presentar la identidad católica como algo “superado” o “en declive”, aunque la realidad demográfica diga lo contrario.
En 1883, la masonería lo hacía mediante prensa anticatólica, panfletos, discursos y escuelas laicas. En 2026, la misma lógica aparece en forma de titulares sensacionalistas, narrativas mediáticas y lecturas interesadas de datos estadísticos.
La continuidad es evidente:
- Ayer: la masonería buscaba debilitar la identidad católica para facilitar la penetración cultural anglosajona.
- Hoy: ciertos discursos mediáticos buscan presentar la identidad católica como minoritaria o en retirada, aunque el 80% de la población se identifique como católica.
El mecanismo es el mismo: crear la ilusión de que la identidad católica ya no es dominante, para erosionar su legitimidad cultural.
El libro de 1883 denunciaba que la masonería no atacaba directamente la fe, sino la percepción pública de la fe. Hoy ocurre lo mismo: no se niega el dato, pero se manipula el marco interpretativo para sugerir un cambio que no existe.
Por eso, esta posdata confirma la tesis central del ensayo:
- La identidad católica permanece.
- La manipulación cultural persiste.
- La lógica masónica sigue operando, aunque sus instrumentos hayan cambiado.
La guerra cultural que el libro documentó en 1883 no terminó con la invasión de 1898. Simplemente adoptó nuevas formas.
📌 ¿Qué representa cada gráfico?
Gráfico 1 — Distribución interna del cristianismo
Este gráfico muestra cómo se divide el cristianismo dentro de Puerto Rico:
- 80% Católico
- 14% Protestante
- 6% No cristiano / otras afiliaciones
Este es el gráfico que más directamente confirma la tesis del libro: la identidad católica sigue siendo dominante, pese a narrativas que intentan sugerir lo contrario.
Gráfico 2 — Cristianismo total vs No cristiano
Este gráfico muestra la macroestructura religiosa:
- 94% Cristiano total
- 6% No cristiano
Este segundo gráfico es clave para el análisis masónico porque demuestra que:
- La masonería no logró secularizar a Puerto Rico.
- La masonería no logró desplazar la matriz cristiana.
- La masonería solo logró fragmentar, no sustituir.
Una Escaramuza con la Masonería en Puerto Rico (1883)


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LA MASONERÍA ANGLOSAJONA COMO RED GEOPOLÍTICA ANTICATÓLICA Y ANTIHISPÁNICA


























