Los Hermanos Cheo y el Ataque de EEUU a la Iglesia Católica de Puerto Rico

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En Puerto Rico, los Invasores Yankees en 1898 expropiaron TODAS las Iglesias y Edificios de la Iglesia Católica, ellos decían que eran parte del botín de guerra (cesión acordada en el Tratado de París)… Los obispos católicos debieron llevar una demanda judicial en los tribunales de EE.UU. Aún pasados 10 años de la invasión, el tribunal no había decidido nada, pero luego surgen los Hermanos Cheo que llevaron por los campos de Puerto Rico una cruzada en favor de la Iglesia Católica… Las concentraciones y mitines de los Hermanos Cheo eran de miles de personas, y en algunos hubo motines y ataques a la policía y a las tropas yankees.  Previendo una revuelta nacional el Tribunal Superior decidió a favor de la Iglesia Católica y obligó a las autoridades de EEUU a devolver a la Iglesia Católica las iglesias y los edificios expropiados en Puerto Rico.

La invasión representó un reto sin precedentes en los 400 años o más de la entonces historia de Puerto Rico. Una abrumadora mayoría de puertorriqueños profesaba la Fe Católica, y  sin embargo el nuevo sistema colonial, impuso a la Iglesia una separación del Estado que ocasionó la pérdida abrupta del sostenimiento económico que otorgaba el Gobierno Español.

La Iglesia Católica fue forzada a enfrentarse: a la secularización de los cementerios, a una libertad de culto jurídica y abiertamente establecida y predicada por la autoridad colonial estadounidense,  diseñada como política oficial de la presidencia de William McKinley, a favor de las nuevas misiones protestantes, tuvo que enfrentarse también a la expropiación de los edificios religiosos y, durante toda una década, a la congelación por el gobierno federal de todos sus bienes inmuebles y adaptarse a una cosmovisión distinta.

Con la invasión militar estadounidense a Puerto Rico llegaron otros invasores. Detrás de la milicia llegaron los empresarios del azúcar y también los grupos religiosos protestantes. La libertad de culto trajo consigo que incluso un año después de la invasión, se planificó para que diversas sectas protestantes se dividieran el País y emprendieran una cruzada misionera anticatólica de “protestantizar” a Puerto Rico. Los pobladores de la zona rural se convirtieron en terreno fértil para el protestantismo. Los protestantes fueron una pieza clave en transmitir los valores de la nueva metrópoli y en facilitar los planes estratégico-militares y económicos que las autoridades de gobierno estadounidense tenían para Puerto Rico.

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Los ministros y pastores protestantes exponían que Estados Unidos de América era portador del progreso, la civilización y valores democráticos frente al régimen hispánico que los estadounidenses identificaban con miseria, oscurantismo y explotación, pero pronto los puertorriqueños se enfrentaron con la realidad de que no se les dió democracia, ni libertades y se les sometió a explotación que los llevó a la hambruna y a perder sus tierras y hogares.

Dentro de ese contexto, la Iglesia Católica era tildada por los estadounidenses como cómplice del atraso de las (que no colonias) provincias españolas, debido a que se le asociaba al “antiguo régimen” por haber permanecido unida al Estado desde los inicios de la colonización de Puerto Rico. Por esto, no era extraño que el gobierno estadounidense tratara, por todos los medios, de reducir la influencia de la Iglesia Católica en beneficio del protestantismo y pusiera la mirilla de sus cañones sobre ella.

Un ejemplo de esa política imperial ocurrió cuando el general Guy V. Henry amenazó con desterrar a los padres paúles, si continuaban publicando unas hojas en las que advertían a los católicos sobre las doctrinas protestantes. Un caso similar fue el mandato, también realizado por Henry, de silenciar los repiques de campanas. Asimismo, la alianza de las autoridades militares con los protestantes que eran autorizados y estimulados a usar templos católicos para sus servicios evangélicos era parte de la misma operación.

Más dramático aún fue la política de retrasar, maliciosamente, los pleitos por la expropiación de las propiedades inmuebles de la Iglesia Católica de Puerto Rico, a pesar de que existían precedentes legales tanto en Cuba como en Filipinas. La lucha por recuperar las propiedades distrajo la misión eclesial durante unos diez años de batalla judicial. La Iglesia Católica insular enfrentó la bancarrota económica y el cuestionamiento de su integridad institucional, en los tribunales, al grado de la delincuencia común por espacio de casi una década.

En otras palabras, a partir de la invasión, en los años más confusos e inciertos de la nueva conquista imperial, el gobierno estadounidense estranguló económicamente a la Iglesia Católica de Puerto Rico.

Diez años después de la solución final de los pleitos por los edificios religiosos, la Santa Sede en el Vaticano, aún seguía temiendo que los Estados Unidos de América intentara, nuevamente, la confiscación de las propiedades eclesiásticas. Por eso, el delegado apostólico aconsejó que el título de propiedad de la Iglesia San Mateo no le fuera entregado a las monjas Carmelitas Calzadas, tal como estipulaba un contrato con la citada orden puertorriqueña, porque pensaba que de hacerlo y ocurrir otra incautación de propiedades, la famosa Iglesia se perdería irremediablemente.

Ya para 1895 existían grupos presbiterianos en San Germán y en Fajardo. Los metodistas llegaron para 1900 y junto a los Discípulos de Cristo eligieron el norte de Puerto Rico, los bautistas se establecieron en el centro y sur de la isla. Luego llegaron los episcopales y los luteranos, más tarde los menonitas.

La reacción y la política tomada por la Santa Sede incluyó estudiar, cuidadosamente, la política de Estados Unidos de América respecto a Puerto Rico. Al hacerlo se percató de que los planes eran mantener al País como una colonia.

Por otro lado, existía un sector de la jerarquía estadounidense que pretendía americanizar la Diócesis de Puerto Rico, subyugándola a alguna arquidiócesis de su nación. Por ello, el 20 de febrero de 1903, el papa León XIII emitió el breve apostólico Actum Præclare que desvinculó la Diócesis de Puerto Rico de la de Cuba y la colocó directamente bajo la protección y jurisdicción de la Sede Apostólica. Con este acto, la Santa Sede estableció que, salvo el Papa, nadie tendría injerencia en los asuntos de la Diócesis. Por consiguiente, la Iglesia Católica puertorriqueña nunca formó ni forma parte de la estadounidense, la Santa Sede no tuvo una agenda de americanización y la elección del primer prelado después de la invasión, fue una movida eclesial-diplomática de la Santa Sede orientada a salvaguardar la Iglesia Católica de Puerto Rico.

Dos años antes de esta determinación pontificia, la Santa Sede decretó que en la Provincia Eclesiástica de Santiago de Cuba tendría vigencia el Concilio Plenario de América Latina. De esta manera, sus decretos se extendieron a las islas de Cuba y Puerto Rico el 4 de septiembre de 1901. Por medio de esta acción, la Santa Sede se aseguró que Puerto Rico conservara su identidad religiosa hispana. Sin lugar a duda, dispuso que la Iglesia Católica puertorriqueña estuviera sujeta al calendario litúrgico hispanoamericano y que se rigiera por las disposiciones propias para Hispanoamérica, promulgadas en Roma en 1899 en el Concilio Plenario de la América Latina. La Santa Sede reconoció que Puerto Rico tenía en común con América Hispana una lengua, cultura y experiencia histórica de larga duración en razón de haber sido parte de España.

Si bien Puerto Rico presentaba una situación especial en razón de ser una colonia de Estados Unidos de América, su perfil era hispanoamericano en el sentido de que compartía con América Latina un conjunto de experiencias y valores propios tales como el idioma y la cultura. De esta forma, salvaguardó el perfil hispanoamericano de la Iglesia Católica puertorriqueña, que no era ni más ni menos que la suma de experiencias centenarias que definían la fundación en 1511, de la diócesis más antigua de América y su desarrollo como la más grande del continente americano hasta 1790, cuando su jurisdicción e influencia continental se redujo a los límites geográficos de nuestro archipiélago puertorriqueño.

La Santa Sede nombró obispos estadounidenses para la Diócesis de Puerto Rico por dos razones: primero, por ser conocedores de las leyes e idiosincrasia de EE.UU; segundo, para facilitar la relación con el nuevo gobierno estadounidense. La Santa Sede empleó una estrategia político-diplomática orientada a que la Iglesia puertorriqueña figurara como leal al gobierno estadounidense, pero sin renunciar a su identidad hispanoamericana.

Estados Unidos de América tenía un historial de prejuicios contra el catolicismo que se originó en la Inglaterra de Enrique VIII y concebía a los católicos como enemigos de la democracia estadounidense. Las raíces estadounidenses de prejuicios, odios, rencores, persecuciones y hostilidad al catolicismo influyeron en la educación, la legislación y en la formación de un imaginario social anticatólico.

Después de la independencia de Inglaterra, Estados Unidos de América adoptó una especie de Estado confesional en el que declaraba una libertad religiosa que prohibía el establecimiento de religión oficial alguna, pero que apoyaba el protestantismo. Esta falsa neutralidad plasmada inequívocamente en la educación pública con base protestante en perjuicio del catolicismo, forjó la identidad del pueblo estadounidense. Cónsono con este trasfondo histórico, Estados Unidos de América implementó un gobierno colonial en Puerto Rico, con un claro matiz de prejuicios contra los católicos bajo una aparente neutralidad legal.

La nueva estrategia político-diplomática de la Santa Sede implicó nombrar para la Diócesis de Puerto Rico obispos conocedores de la idiosincrasia estadounidense con instrucciones de no favorecer la agenda de americanización. Los prelados tendrían la misión de aceptar la relación política, sin manifestar apoyo alguno hacia ella. La Santa Sede prohibió a los obispos y al clero inmiscuirse en asuntos de política y de partidos políticos. No obstante, permitió manifestaciones de protesta contra cualquier acto político o civil en contra de la religión católica y de sus dogmas o contra el clero. De esta forma, trató de salvaguardar la identidad puertorriqueña admitiendo que era de origen hispánico, con matices culturales propios y distintos de los estadounidenses. Por ello, buscó defenderla hasta donde fuera posible.

Para 1904 los padres Paúles y el obispado de San Juan y Ponce entablaron un litigio en la creada Corte Superior para recuperar unos 70 edificios que habían sido expropiados por la milicia yanqui… Frente a este cuadro contra la Iglesia Católica y las tradiciones culturales del pueblo de Puerto Rico surgen nuevos profetas de la resistencia cultural y religiosa.

Dos jíbaros, José de los Santos Morales y José Rodríguez Medina, apoyados por el clero, crearon la congregación católica San Juan Evangelista, conocida como Los Hermanos Cheo. Los Hermanos Cheo se fueron por todos los pueblos del centro de la isla predicando a favor de María y la Iglesia Católica, y defendiendo las tradiciones hispanas como la Epifanía, realizando manifestaciones de protesta contra cualquier acto político o civil en contra de la religión católica y de sus dogmas o contra el clero y tratando de salvaguardar la identidad puertorriqueña de origen hispánico, con matices culturales propios y distintos de los estadounidenses.

A la prédica de los Hermanos Cheo llegaban miles de jíbaros de toda la isla ayudados por los sistemas de trenes y tranvías (lo cual propició su desmantelamiento en el futuro), que arropaban las plazas de recreo de los pueblos… Los Hermanos Cheo fueron los primeros puertorriqueños carpeteados por la policía en Puerto Rico. Sus intentos de arrestarlos crearon varios motines en Ponce y el sur de Puerto Rico… Los Hermanos Cheo adoptaron como uniforme camisas blancas y negras con pantalón blanco o negro, como símbolo de luto y usaron por primera vez la bandera negra con la Cruz de Jerusalén de las Cruzadas, la que más tarde adoptó el Partido Nacionalista. La prédica de los Hermanos Cheo viene a ser la primera manifestación contra el asimilismo, de lucha y resistencia cultural del pueblo puertorriqueño después de la invasión de Estados Unidos.

Parte de lo escrito es tomado del libro:
“Cien Años de Carpeteo en Puerto Rico” de José Martínez Valentín.

Parte de lo escrito es tomado del libro:
La Iglesia Católica en Puerto Rico ante la invasión de Estados Unidos de América: Lucha, sobrevivencia y estabilización (1898-1921) del Dr. Gerardo Alberto Hernández Aponte, historiador y catedrático puertorriqueño.

[ENTREPARÉNTESIS] Revista Educativa Puertorriqueña.
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Enlaces Relacionados:

Historia de Puerto Rico: economía y cultura 1898-1917, Hermanos Cheo

La Iglesia Católica ante la Invasión de EEUU

El Tratado de París de 1898 y la cesión de Puerto Rico a los EE.UU.

[ENTREPARÉNTESIS] Revista Educativa Puertorriqueña

LA RELIGIÓN CATÓLICA EN LA SOCIEDAD PUERTORRIQUEÑA. SU RELACIÓN CON LA POLÍTICA Y LA ECONOMÍA

Política cultural del protestantismo en Puerto Rico después de la invasión norteamericana desde el 1898 hasta el 1930

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