Con la Esperanza Puesta en las Nuevas Generaciones de Puertorriqueños

Juan Jorge, Las Palmas de Gran Canaria
Comunidad Autónoma de las Islas Canarias, España

 

Puerto Rico fue botín de guerra y pasó de ser una Autonomía española a ser una colonia gringa y vuestros antepasados sintieron la rabia, la desesperación, la sensación de que habían sido abandonados a manos de una nación extranjera que aparte de mandar tropas para ocupar Puerto Rico mandó una legión de educadores para cambiar vuestra vida, vuestra historia y vuestro idioma. Que menos que mandar expropiar a la iglesia y dar todo su patrimonio a otra fe que no era la Católica, que menos que apoderarse también de vuestra alma.


Vuestros bisabuelos y abuelos lucharon por conservar vuestra verdadera historia, vuestras tradiciones, vuestro idioma y en gran medida estos tremendos luchadores lo consiguieron, resistieron, tuvieron el coraje y el orgullo de saber quienes eran: puertorriqueños cuya cultura es la hispana. Pero el tiempo pasa, las vidas se van apagando y nacen nuevas generaciones que siguen siendo educadas bajo el mandato gringo y poco a poco va quedando menos gente que sepa quienes son y de donde proceden, los enseñan a odiar, a despreciar su verdadera esencia que no es otra que la hispana.

 

Los que pisan el umbral de la vida se juntan hoy para dar una lección a los que se acercan a las puertas del sepulcro. La fiesta que presenciamos tiene mucho de patriotismo y algo de ironía: el niño quiere rescatar de la verdadera historia puertorriqueña lo que el hombre no supo defender con el hierro.

 

Los viejos deben temblar ante los niños, porque la generación que se levanta es siempre acusadora y juez de la generación que desciende. De aquí, de estos grupos alegres y bulliciosos, saldrá el pensador austero y taciturno; de aquí, el poeta que fulmine las estrofas de acero retemplado; de aquí, el historiador que marque la frente del culpable con un sello de indeleble ignominia.

Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna generación recibió herencia más triste, porque ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer.

 

En esta colonia gringa, muchos de vuestros antepasados bebieron el vino generoso y dejaron las heces. Siendo superiores a vuestros padres, tendréis derecho para escribir el bochornoso epitafio de una generación que se va, manchada con la ignominia de ser meros colonos, con la quiebra fraudulenta y con la posible mutilación del territorio nacional si a los gringos les apetece.

 

Si en estos momentos fuera oportuno recordar vergüenzas y renovar dolores, no acusaríamos a unos ni disculparíamos a otros. ¿Quién puede arrojar la primera piedra? La mano brutal de la ocupación gringa despedazó vuestra carne y machacó vuestros huesos; pero los verdaderos vencedores, las armas del enemigo, fueron la ignorancia y el espíritu de servidumbre.

 

¿Por qué desesperar? No vengo aquí a juzgar ni para derramar lágrimas sobre las ruinas que han quedado del orgullo puertorriqueño, sino a exponer hechos dolorosos pero de los que hay que hablar. Tenéis que fortaleceros con la esperanza. Nunca menos que ahora conviene el abatimiento del ánimo cobarde ni las quejas del pecho sin virilidad.

Si los hispanos somos versátiles en amor, no lo somos menos en el odio: el puñal penetró en vuestras entrañas y ya perdonasteis al asesino. Alguien ha talado vuestros campos y arruinado vuestras ciudades y mutilado vuestro territorio y asaltado vuestras riquezas transformando a vuestro amado Puerto Rico en una moral en ruinas como si se tratase de un cementerio; pues bien, señores, ese alguien a quien juraban rencor eterno y venganza implacable por vuestros antepasados, empieza a ser contado en el número de vuestros amigos, no es aborrecido por vosotros con todo el fuego de la sangre, con toda la cólera del corazón.

 

Ya que hipocresía y mentira forman los polos de la Diplomacia, dejemos a los gobiernos mentir hipócritamente jurándose amistad y olvido. Muchos de vosotros que no teméis explicaciones ni respetáis susceptibilidades, vosotros levantaréis la voz para enderezar el esqueleto de estas muchedumbres encorvadas, hay que hacerlo para oxigenar esta atmósfera viciada con la respiración de tantos organismos infectos, y lanzar una chispa que inflame en el corazón del pueblo el fuego para amar con firmeza todo lo que se debe amar, y para odiar con firmeza también todo lo que se debe odiar. Recordad siempre que sois puertorriqueños, un pueblo orgulloso, no lo olvidéis NUNCA. ¡Viva Puerto Rico!

 

Enlaces Relacionados:

La Iglesia Católica ante la Invasión de EEUU

El canje del peso puertorriqueño al dólar estadounidense en 1900

 

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